Argentina La Nacion "Buena Vista Social Club" es un film milagroso en muchos sentidos: primero, porque está protagonizado por unos encantadores viejitos (y extraordinarios artistas) que algunos meses antes estaban casi retirados y totalmente olvidados hasta por los propios cubanos; porque su exhibición se convirtió en todo el mundo en un fenómeno de masas en el qu ... Leer más "Buena Vista Social Club" es un film milagroso en muchos sentidos: primero, porque está protagonizado por unos encantadores viejitos (y extraordinarios artistas) que algunos meses antes estaban casi retirados y totalmente olvidados hasta por los propios cubanos; porque su exhibición se convirtió en todo el mundo en un fenómeno de masas en el que el cine se acerca como pocas veces al espíritu energético de un recital en vivo; porque elude todos los clisés y convenciones tanto del documental musical como del registro turístico; y, finalmente, porque hasta logró que Wim Wenders, uno de los "autores" más pomposos, sobrevalorados y egocéntricos del cine europeo, se diera un baño de humildad y consiguiera un relato austero, cautivante y sensible.
Las grandes películas -y ésta es una de ellas- son posibles por una conjunción de elementos, una sumatoria de factores -y casualidades- que muchas veces (casi siempre) exceden todo aquello que ha sido cuidadosamente preconcebido y planificado.
En este caso, Wenders filmó buena parte de las imágenes con su camarita digital en mano, como si intentara captar -desprovisto de toda parafernalia técnica- la bella y decadente magia de La Habana, la esencia de su gente y la magnética humanidad, la inocencia, la dignidad y el talento de un grupo de artistas (encabezado por Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Rubén González y Elíades Ochoa) que en algunos casos son ¡joviales nonagenarios!
Música sin política
Más allá de que el documental arranca con unas fotos del Che Guevara y de Fidel Castro y cierra con los integrantes de Buena Vista Social Club cantando en el mítico Carnegie Hall de Nueva York con una bandera cubana sobre el escenario, Wenders tuvo el mérito de despolitizar su relato. No exalta al gobierno cubano pero tampoco carga las tintas sobre el hecho de que estos veteranos artistas prerrevolucionarios fueron prácticamente "escondidos" para dar lugar a la Nueva Trova Cubana, y que -antes de este redescubrimiento internacional- varios de ellos, desanimados, abandonaron la actividad artística para ganarse la vida lustrando botas o vendiendo cigarros.
La estructura narrativa de Wenders es tan sencilla como efectiva. Cada uno de los músicos se presenta en algún lugar característico de La Habana, cuenta su historia y luego aparece tocando o cantando en los estudios Egrem. El director de "Las alas del deseo" y "El amigo americano" apela a interesantes ideas de montaje, como encadenar las imágenes obtenidas en esas grabaciones con los registros en vivo de las mismas canciones conseguidos en las dos únicas series de conciertos que en 1998 ofreció la multitudinaria y longeva banda en Amsterdam y Nueva York.
Con el inestimable aporte del musicólogo y guitarrista Ry Cooder (verdadero ideólogo y productor de este proyecto, figura clave en el boom de la world music y viejo compañero de rutas de Wenders desde "París, Texas"), el cineasta alemán consigue un inesperado triunfo artístico entre tantos fracasos personales.
Aunque el mérito mayor, en este caso, debe atribuírsele a estos viejitos piolas, dueños de una vitalidad y un sentido del humor que muchos colegas jóvenes y supuestamente rebeldes podrían imitar un poco. Y, claro, a esa catarata de contagiosos sones, boleros y danzones que obliga al espectador a reprimirse para no pasar toda la película cantando, golpeando rítmicamente el piso o la butaca de al lado, o aplaudiendo al final de cada tema. Esta vez, bien vale una licencia. Hasta el más estricto de los cinéfilos entenderá de qué se trata.
Diego Batlle
Fuente: La Nacion
Muy Buena