Argentina La Nación - A. C. Martínez Cómo se podría vivir hoy si mañana o la semana próxima se supiera que el mundo podría acabarse dentro de un año? La pregunta no deja de tener su gran margen de inquietud y sirve, además de para aquéllos a los que la idea de la muerte los ronda permanentemente, para que los grandes productores de Hollywood inviertan muchos millones de dólar ... Leer más Cómo se podría vivir hoy si mañana o la semana próxima se supiera que el mundo podría acabarse dentro de un año? La pregunta no deja de tener su gran margen de inquietud y sirve, además de para aquéllos a los que la idea de la muerte los ronda permanentemente, para que los grandes productores de Hollywood inviertan muchos millones de dólares en convertir una posibilidad en una realidad.
Steven Spielberg, ese mago de los efectos especiales, de la emoción constante y de los más increíbles efectos especiales, tuvo mucho que ver en la concepción de "Impacto profundo". Es uno de sus productores ejecutivos, y el film posee su sello tan particular.
En un principio, el relato entrelaza los conflictos familiares de una ascendente periodista de televisión y de una pareja de adolescentes que comienzan a descubrir la existencia. De pronto, ellos se ven inmersos en el terror cotidiano cuando el presidente de los Estados Unidos anuncia públicamente que un cometa chocará con la Tierra, y esa colisión podría significar la extinción de toda la especie humana.
Tiempo atrás un científico había observado una extraña forma en el cielo, y estudios más profundas dictaminan que muy pronto el mundo será sólo un recuerdo. El gobierno encarga a un grupo de astronautas una misión casi imposible: destruir al cometa e impedirle su acercamiento a nuestro planeta. Pero ellos apenas pueden cortar en dos el asteroide y dejan sus vidas en el intento final.
El guión, como muchos salidos de la imaginación de los escritores de Hollywood, transita por ese camino de suspenso, horror hacia lo desconocido y complicada tecnología puesta al servicio de la salvación de la humanidad. Aquí, entre líneas, se puede leer la reacción de hombres, mujeres y niños ante una sentencia de muerte. Poco a poco, y si la reflexión puede más que el sentido común, hay que convenir que la ciencia ficción cada vez está más cercana a la realidad.
Pero mucho más allá de negros augurios o sutil filosofía, los responsables de "Impacto profundo" desearon entretener a los espectadores. Y, sin duda, lo lograron. El film es un dechado de grandilocuentes efectos especiales, de temor constante hacia ese elemento extraño que chocará contra la Tierra y de cuidados detalles técnicos que pasan por una fotografía de primer nivel y por una música que se apega con sólidos arpegios a la tensionante anécdota.
La directora Mimi Leder, que ya había demostrado su sólido oficio para el género de acción en "El pacificador", vuelve aquí a poner de manifiesto su atracción por los relatos de gran espectacularidad.
Rodeada de un andamiaje económico que no retaceó la posibilidad de poner en pantalla a la ciudad de Washington totalmente destruida por enormes olas o de recrear los complicados engranajes de naves espaciales, más el apoyo de astrónomos planetarios dispuestos a creer la historia, la realizadora supo manejar adecuadamente cada uno de estos elementos. El resultado final, sin bien no es original, ya que muchas veces la pantalla norteamericana supo preguntarse acerca del destino de la Tierra, deja ese sabor imaginativo en el que se entretejen el valor y los interrogantes de nuestro futuro.
Para encarnar a uno de los astronautas encargados de tan dramática misión fue convocado Robert Duvall que, con su sobrada maestría, salió airoso de su compromiso. Téa Leoni pone a disposición de su conflictuada periodista una nada exagerada calidez, en tanto que Morgan Freeman, en el atribulado presidente norteamericano, y Vanessa Redgrave como una madre de patéticas características, refuerzan la cabeza del reparto de esta superproducción que, casi como un cheque en blanco, congregará a un público ávido de avizorar una ficción que, para bien o para mal, podría transformarse en una fatal realidad.
Por Adolfo C. Martínez
Fuente: La Nación - A. C. Martínez