Argentina La Nación - F. López No es casualidad que los protagonistas -Ana y Otto- tengan nombres que pueden leerse igualmente desde cualquiera de sus dos extremos, como el apellido del director. La historia entera juega con esas distintas vías de aproximación, examina todas las posibilidades de fragmentación de los tiempos y de multiplicación de las voces narrativas, avanza ... Leer más No es casualidad que los protagonistas -Ana y Otto- tengan nombres que pueden leerse igualmente desde cualquiera de sus dos extremos, como el apellido del director. La historia entera juega con esas distintas vías de aproximación, examina todas las posibilidades de fragmentación de los tiempos y de multiplicación de las voces narrativas, avanza y se anticipa, retrocede y vuelve a transitar por los mismos lugares en una afirmación constante de esa circularidad que adelanta el título y que quizá se vuelve refugio necesario y tranquilizador ante la desdicha y ante la repetida intervención del azar.
En realidad -y quizás esto sume una paradoja más a un film tan sensible a las especulaciones intelectuales-, nada es azaroso en la elaboración de esta compleja y estructurada narración en torno de personajes unidos y separados por el capricho de la casualidad. Medem manipula a gusto los movimientos de la suerte y arma alrededor de Otto y Ana una formidable red de coincidencias, paralelos, correspondencias y simetrías que administra con mano firme y quizás a veces con algún medido regodeo.
Sin embargo, la cerrada trama que a veces amenaza con asfixiar a los personajes se disipa en parte gracias a ciertos toques de humor, y son los personajes mismos, con sus encendidos sentimientos y con el compromiso emotivo que los actores ponen en juego en su dibujo, los que se encargan de templar el tono. Porque es glacial el clima, que viene de las imágenes virtuosamente concebidas por Kalo F. Berridi y de los grandes espacios vacíos acentuados por la pantalla ancha, pero también -y quizá por sobre todo- de una concepción tan visiblemente cerebral.
Poderosa sugestión
Al fragmentar la narración en capítulos -según se alternan las voces que guían el relato- y alterar los tiempos y los niveles de expresión, el realizador vasco saca a relucir todos los recursos de su lenguaje cinematográfico, que son muchos y variados y que emplea con admirable fluidez. El film ejerce, en ese sentido, una poderosa sugestión.
Ana y Otto tienen 8 años cuando el azar los une. El se niega a aceptar la fugacidad de todo, incluido el amor de sus padres a punto de separarse: para Otto, el amor deberá ser eterno. Ana confía en el azar para escapar de la tragedia: acaba de saber que su padre ha muerto, pero puede adivinarlo vivo en este chico que ha corrido detrás de ella hasta el bosque y que ahora la mira en silencio. De algún modo los dos se reconocen. Juntos empezarán a imaginar un sitio sin sombras donde protegerse de la infelicidad.
La geometría de Medem inventa otros lazos: Otto lanza al aire avioncitos de papel -de adulto será piloto, como un lejano alemán del que recibió el nombre- y con uno de ellos liga en una nueva pareja a su padre y a la madre de Ana.
Compartirán después casa y familia y guardarán secretamente el amor que los une cuando, hermanos imposibles, lo descubran espiando la alcoba matrimonial. Y perfilarán también aquel sueño de la tierra lapona donde hay un día que parece durar siempre.
Después, la muerte viene a apartarlos con su carga de culpas, y cada uno sigue su camino aun sabiéndose perennemente vivo en el corazón del otro. Y hay nuevas situaciones que son el eco de otras viejas historias, como ellos son el eco de sí mismos y de otros.
Un romanticismo intenso y discreto define de un extremo al otro el tono del film. Las voces de Ana y de Otto dibujan líneas narrativas paralelas que sólo dejan de serlo para cruzarse en el final, aunque Medem deje la ilusión de prolongarlas y ofrezca al espectador la posibilidad de elegir una u otra.
La belleza de las imágenes es una constante; la homogeneidad del elenco, un acierto del casting y un crédito más para adjudicarle a este singular cineasta de cuya elegancia expresiva hay mucho que esperar.
Fernando López
Fuente: La Nación - F. López